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Concluida la “segunda vuelta” de su proceso electoral, Brasil no vive una fiesta popular sino la peligrosa pugnacidad de unos contra otros. Le será difícil lograr la concordia necesaria para su gobernabilidad. Por eso el futuro próximo no le es promisorio.

Lula alcanzó el 50.9% de los sufragios, Bolsonaro el 49.1%. En una democracia madura cualquier diferencia de votos es aceptable y aceptada; en un país partido en dos (por abusos, odios y resentimientos) si la distancia es pequeña, la reyerta poselectoral resulta inevitable. El resultado de los comicios sólo atiza las rencillas, y no permite la civilidad de cara al futuro.